Afirmación del futbol como una bella arte

Lo que pasa es que nosotros, en Fiorito, allá en la villa, desafiábamos mucho más que eso. Desafiábamos al sol.

(Diego Armando Maradona, Autobiografía, p. 12)

El futbol visto como un arte

El fútbol es un fenómeno que acompaña intensamente la vida cotidiana de amplias masas. Sus hechos son extensamente comentados, retratados, comercializados, en especial un mes cada cuatro años. Sin embargo, no es claro su estatus en la mente humana. El que lo utilicen poderes de turno para alienar —como la música o la religión— habla de su capacidad de encantamiento.

La comunidad intelectual y filosófica lo considera un simple pasatiempo. Occidente separa hoy los planos del deporte, el rito y el arte, a diferencia de otras culturas y épocas como muestran las artes marciales, el sumo, o el juego de pelota maya. Existe la anécdota de un sabio chino al que invitaron a un partido de fútbol. Tras observar un rato comentó: «lo van a lograr». Pensó que el objetivo era romper la bola de cuero. Vio el espectáculo como una manera hermosa y conjugada de hacerlo veintidós personas. No se puede considerar irracional su percepción. ¿Cuál es el límite entre arte y deporte?

La danza, considerada una actividad culta, celebra el talento de un grupo en armonizar cuerpo, mente y espacio, con la música, que otorga el sentido. El oficio de los futbolistas es similar: componen en mente y adecuan su cuerpo para movilizar un objeto en un espacio determinado. El jugador debe imaginar soluciones, estrategias y movimientos con mucha rapidez. La relación inmediata y exacta que tiene que tener el cerebro con cada músculo para realizar tal o cual movimiento es muy exigente.

Los valores que admira el público son los de toda actividad estética: habilidad, belleza, creatividad, ardor. El sentido lo proporciona un deleite típicamente humano: los esquemas simbólicos de situaciones vitales, aquí como lucha entre dos bandos. El fútbol adjunta así una dimensión psicológica en que se exponen cualidades éticas como el temple, la pujanza, la disciplina, la astucia.

Como pocas actividades —y sin elitismos— el fútbol es una representación de la libertad y la voluntad, los rasgos con que nos distinguimos de las especies puramente animales. No es lógico considerar a la danza un arte y al fútbol no. El fútbol es un arte, y no en un sentido metafórico o grandilocuente. Es una de las bellas artes, simplemente. Al reflejarse además la cultura de una nación o región cuaja su dimensión ritual, muy estimulante para jóvenes y soñadores.

La futbología

Asimismo el fútbol, lo que podría llamarse la futbología, puede también convertirse en una ciencia, o más precisamente en una metodología, una herramienta para las ciencias sociales. Me explico. Puede decirse que las ciencias sociales no son científicas. Desde luego, es la conclusión más lógica. Pero si tampoco nos satisface el otro polo, que sean narrativa, literatura filosófica, debe procurarse cientifizarlas.

Una de las acotaciones más difundidas por los científicos sociales, es que a diferencia de las llamadas ciencias duras, no es posible hacer experimentos, no existe el laboratorio, con todas las prerrogativas de la prueba y error, la falsabilidad, la serendipitez —el descubrir inesperadamente— y en general las ventajas de poner la mano sobre el objeto de estudio.

La historia constituye todo esto a la vez para un científico social, pero al estar su interpretación sujeta a las arenas movedizas de las percepciones filosóficas, no llega a adquirir auténtica solidez científica. Además de los laberintos de la interpretación, los «estudios de caso» son, muchas veces, duros de generalizar por la casi infinita cantidad de factores que componen un contexto humano, y otro.

Un mecanismo faltante en las ciencias sociales a este respecto es la asistencia de modelos. No como modelos interpretativos, que son en este sentido modelos filosóficos, sino en tanto que modelos para simular acontecimientos, a través de una reducción a elementos esenciales que representen las dinámicas estudiadas y de cuyo desarrollo pueda extraerse conclusiones sobre su ser, sus patrones.

Pues bien, un cotejo futbolístico es el modelo de un enfrentamiento, una guerra en miniatura, naturaleza de buena parte de las actividades humanas. El arco es el corazón, que intenta vulnerar el equipo enemigo. Hay ordenamientos tácticos y funciones concretas, hay esfuerzos colectivos y trabajos individuales, hay un potencial, un peso específico en un equipo o un jugador, pero también hay una gran carga intangible de estados de ánimo, cristalizaciones de inspiración excepcional, embates emocionales. Aunque se pueden estimar los desenvolvimientos, nada está escrito, al punto que hay loterías basadas en los resultados de ligas. En esto pues, se parece a las dinámicas sociales y políticas.

La futbología es una subdisciplina de las ciencias sociales con harto potencial de desarrollo. Por ejemplo en términos estadísticos, que tanto agradan a los académicos estadounidenses, se ha de calcular una taza de victorias o empates entre equipos «chicos» contra prominentes. ¿Cabe extrapolarse luego esta correlación hacia enfrentamientos en general entre entidades medianas contra sobresalientes? ¿Puede servir como una guía al análisis sociopolítico?

Más en detalle, si se distinguen ciertas variables, como el esfuerzo emocional vs. la destreza técnica. A veces ganan equipos utilizando el primer elemento contra alguien superior en el segundo. ¿Pueden extrapolarse correlaciones sobre estos factores en la vida en general?

O tomando como variable el genio individual. ¿Vale, habiéndose calculado una taza de partidos resueltos claramente por genio individual, establecerse una tasa para su presencia en las problemáticas grupales, en general?

El análisis futbológico profundizará después en los contextos y condiciones en los que operan el esfuerzo emocional, la destreza técnica, el genio individual, etc. Sometidos a investigación pueden fungir los partidos como un laboratorio relativo a la naturaleza de dichas dimensiones esenciales, también, en los acontecimientos sociopolíticos.

Uno de los factores que considero más interesantes de estudiar científicamente, sea en futbología, política o sociología, es lo que en el ámbito anglófono llaman momentum, en el coloquial, «estar con estrella».

Escuchamos por ejemplo que «la candidatura de X cogió un momentum inesperado». El momentum es una especie de magia que se crea en determinadas circunstancias y que permite avanzar un proyecto, muchas veces contra todo pronóstico, incluso al punto de conseguirse prácticamente milagros. Es algo común en los desarrollos sociopolíticos que ciertos actores, ideas, sean propulsadas en contextos especiales, y cambien la Historia. Se diría que el momentum que los rodea coge una vida propia, y de alguna forma curva la racionalidad, o lo que se pensaba era racional momentos antes. Los futbólogos marcan un típico momentum en los equipos que van perdiendo 2 a 0 y descuentan. Hay altas probabilidades de que empaten y hasta que volteen el partido con rapidez.

Estas floraciones de la voluntad, condensaciones de creatividad, son demostraciones, asimismo, de la libertad humana frente al destino. Y la figura más trascendente a este respecto ha sido el argentino Diego Armando Maradona.

Maradona

Decían los contemporáneos de Baudelaire, el poeta maldito, que no era un hombre sino una fuerza de la naturaleza. Algo similar ocurre con Maradona. Su carrera fue, a nivel técnico y artístico, impecable. Sus goles, gambetas y pases colman cualquier antología del deporte. Pero es en el núcleo abstracto y puro que ordena toda actividad, el de la energía vital, que el pibe de Villa Fiorito adelantó a sus colegas, incluso al elegante Pelé y a maestros como Cruyff, Eusebio, Zidane.

Como muchas estrellas deportivas Maradona es originario de los cinturones de miseria que identifican a las ciudades del Tercer Mundo. Esto, que constituye el aliento profundo de sus carreras, fue para Maradona también ideología y pasión. Sinceramente orgulloso ha llevado por canchas y micrófonos del planeta su origen second-class citizen, y el destino lo ayudó a darle gloria.

En su paso por Nápoles organizó al equipo y a la ciudad para demostrar al norte italiano cómo los sudacas hacían magia. Allá en el norte las agrupaciones de tendencias fascistas y racistas obtienen votaciones elevadas y cuenta Diego en su autobiografía que en su primer partido contra el Milán los recibieron con una manta que decía

«Bienvenidos a Italia». Ahí entendió cuál era su misión. Lo logrado por Maradona en el Nápoles superó de lejos cualquier antecedente histórico y en los barrios napolitanos es idolatrado como en la Boca.

El pináculo de su carrera y, en varios sentidos, de la historia del fútbol, fue la semifinal contra Inglaterra en México 86, emblemática revancha de la Guerra de Las Malvinas en que cientos de argentinos fueron asesinados como afganos por una fuerza militarmente incomparable. Había sido cuatro años antes.

Imagínense la emoción de los argentinos cuando el Diego les reventó de dos maneras maravillosas la cabeza a los ingleses en esa semifinal de México 86. La capacidad para en ese partido tan simbólico, emanar ese momentum inimaginablemente brillante y, en general, para, a pura voluntad y pujanza, hacer campeón a un equipo más bien mediocre como era el argentino en ese mundial —Perú estuvo a diez minutos de sacarlo en las eliminatorias—, ponen a Maradona por encima de cualquier artista del fútbol.

Maradona, como el Che, ha sido más que una persona: un mensaje, una cultura.

Son pocas las superestrellas de dimensiones globales, menos aún las latinoamericanas. La fama, el prestigio, los millones, el poder mediático es un peso grande para cualquier alma, pero más para aquellas nobles y auténticas, que se toman las emociones en serio, no utilizan caminos trillados ni juegan con el sistema establecido para asegurarse los laureles finos. El ejemplo de Maradona atrapado en la vorágine de las drogas, pero no en la de la hipocresía, recurso de tantos dirigentes y líderes mundiales para ocultar sus vicios en lugar de rehabilitarlos, la imagen de Maradona rehabilitado y nuevamente victorioso, es otra lección de grandeza de un hombre que creyendo solamente en la lucha y la esperanza, el único capital de los excluidos, mostró a los otros que las utopías son posibles cuando se trabajan con el corazón.

Gracias, Dieguito. Gracias.