Aspectos compartidos entre el fútbol y la literatura.

El fútbol es de esencia literaria

Aunque a primera vista puedan parecer distantes el futbol y la literatura comparten muchos elementos en común, son de alguna manera artes hermanas, e incluso se podría decir, desde cierta lógica, que el fútbol es un género dentro de la literatura.

Esta afirmación parece extravagante y grandilocuente, pero permítanos explicarnos. Hay mucho que explicar para que la gente, público en general y elite intelectual, empiece a calificar el futbol como un arte, a permitir una discusión genuina al respecto.

Mediante artículos desde ángulos diversos, en LA Vida Secada AL SOL intentaremos definir las características que hacen al futbol un arte y qué tipo de arte.

Para quienes hemos visto la luz, la inscripción del futbol en el pabellón de las bellas artes se nos vuelve una obligación intelectual.

Una aproximación valida es definir las dimensiones que comparte con sus hermanas otras artes. Parte de la ceguera ante el futbol como bella arte debería disiparse cuando quede claro que es un fenómeno con los mismos genes que las artes oficialmente consagradas.

Analicemos pues lo que comparte con la literatura.

Un partido de futbol, como fenómeno, es esencialmente una historia. Esto es un hecho tan obvio que se obvia constantemente al considerar el futbol. Pero la gente viene a presenciar una historia. Esta historia la relatan en vivo los comentaristas: el futbol va jugándose y emana literatura, al ir la historia del partido desarrollándose. Instintivamente, la recoge un relator, una figura tan simbiótica a los equipos como la rémora al tiburón. Los grandes relatores de futbol son sin duda hombres de literatura. A la gente les gusta seguir narradores de distintas cadenas por su capacidad expresiva y hay ciertos goles legendarios que es un placer literario degustar cantados por diferentes narradores. Es claro que los relatos en vivo de futbol son de alguna forma literatura oral.

De la misma forma los periódicos nos cuentan crónicas de los partidos, nos cuentan los partidos, con más o menos pericia y profundidad literaria. Los reporteros desarrollan un ejercicio literario. El futbol incluye literatura en su esencia, en la medida en que cada partido es una historia. Los equipos juegan, el partido muere al minuto 90+ y deja una historia.

Una historia. Podremos por siempre ver las filmaciones, leer o escuchar las crónicas para saber lo que pasó aquella vez. Estamos en el ámbito de lo literario.

Lo esencial es que decodificamos, le damos sentido al acto futbolístico desde la literatura. Cada patada es un enunciado, cada jugada un episodio, el partido, una unidad literaria.

Todos los partidos nos cuentan lo mismo: la historia de un enfrentamiento, una guerra en miniatura, en que el arco es el corazón-castillo, que intenta vulnerar el equipo enemigo. Un cotejo futbolístico es un modelo de laboratorio de un enfrentamiento. Como muchas actividades humanas, en la vida diaria, toman forma de una lucha entre dos bandos, el esquema simbólico que presenta el futbol es casi naturalmente de deleite e interés.

El sentido del fútbol es pues esencialmente literario: ¿quién ganará y perderá entre estos dos grupos de humanos enfrentados? ¿Cómo se desplegarán los acontecimientos? ¿Cómo reaccionarán los protagonistas frente a los retos? Son preguntas perfectamente aplicables a cualquier pieza literaria.

Y esta percepción del partido de fútbol como un espacio literario no debería sorprender: los valores que admira el público son los de toda actividad estética: habilidad, belleza, creatividad, ardor. Expresiones como “qué hermoso gol”; “qué brillante jugada” “qué inteligente pase”; “qué valiente defensa” son apreciaciones estéticas que podrían aplicarse a cualquier producción artística (en vez de pases metáforas literarias, en vez de jugadas, acordes musicales, en vez de goles, clímax cinematográficos).

Busca asimismo el público en los futbolistas las cualidades éticas que admira en los artistas y las obras de arte logradas: el temple, la pujanza, la disciplina, la astucia al resolver.

El pensamiento occidental separa muy claramente los planos del deporte, el rito y el arte y esta es una de las barreras conceptuales para que no se reconozca en el fútbol un arte a pesar de toda evidencia.

Curiosamente la danza, considerada una actividad culta, es un deporte. Su estirpe aristocrático-burguesa la eleva, sin embargo al rango de arte en la taxonomía occidental (nótese que las danzas folclóricas son consideradas a lo mucho artesanía). Pero es un deporte. Son saltos y piruetas técnicamente muy exigentes.

El oficio de los futbolistas es similar: componen en mente y adecuan su cuerpo para movilizar un objeto en un espacio determinado. El jugador debe imaginar soluciones, estrategias y movimientos con mucha rapidez. La relación inmediata y exacta que tiene que tener el cerebro con cada músculo para realizar tal o cual movimiento es muy exigente.

En el caso de la danza un grupo armoniza su cuerpo, mente y el espacio, con la música y una trama, que otorgan el sentido a todo el ejercicio, consagrándolo como arte. En el caso del futbol el sentido lo otorga la condición literaria inherente a la noción de enfrentamiento.

Hay mal fútbol como hay mal todo, pero el buen futbol se procesa en la mente humana como el resto de las artes, es un estímulo de la misma condición, es una actividad de la misma clase. El futbol está específicamente organizado en clave literaria ya que los partidos son historias.

El fútbol como literatura épica.

El futbol es parte de lo que en literatura llaman el género épico. Un enfrentamiento tiene un carácter épico inherente. Las obras maestras del futbol, los grandes partidos, son necesariamente grandes historias épicas.

Aquí Maradona,

Aquí Suarez

Aquí Zidane

El futbol es pues una actividad cuyo ideal es lo épico, buscarlo, construirlo, realizarlo, eso se exige de los grandes equipos. Para llegar a un partido épico los dos equipos deben cooperar. Por su propia gloria, pero precisamente en la sinergia que la pugna con la gloria del otro produce, quedan ciertos partidos que nada tienen que envidiarle a La Ilíada en cuanto a majestuosidad literaria. Plasmar una historia épica es el objetivo del arte llamado fútbol

Maradona 86, el 2 a 1 contra Inglaterra

Se entiende la dimensión ritual que adquiere en la mente de mucha gente. Pues lo que intenta lo ritual, esa categoría tan distintiva de la psiquis humana, es hacer de lo épico cotidianidad. Los ritos buscan volver la vida cotidiana épica.

Sean de corte religioso/mágico, o sociales e identitarios, o bien artísticos como es el caso del fútbol y de la música, los ritos buscan crear una realidad simbólica más intensa que la cotidiana, buscan fabricar una realidad épica por decreto del espíritu. Ese decreto del espíritu es inevitablemente de naturaleza creativa, y en ese sentido todo rito (las formas de adorar a Dios o el diablo, o de señalar el paso a la pubertad en distintas culturas) son desde cierto ángulo una forma de arte.

Ahora bien el futbol crea el espacio ritual para desarrollar la propia épica cotidiana de mucha gente. El que hace esparcir sus cenizas en el estadio del club de su vida o el que está dispuesto a dar y recibir golpes contra fanáticos opuestos sin duda está viviendo su épica individual. De la misma forma en que la música da un marco épico a groupies, que siguen a estrellas de rock, o a gente que decide su identidad social desde sus preferencias musicales. Ejmp: punks, emos, (hasta) rastas.

De manera un poco más indirecta buscan también un darle un sentido épico a su cotidianidad quienes hacen de la literatura una ontología: la camada de poetas marginales de cada generación humana desde siempre. O su distinta manera los promotores literarios de raza, que no tienen talento pero saben verlo y vivirlo en los otros.

Hay una experiencia muy rica en todo lo que intentó el grupo de André Breton, llamado los Surrealistas.

Pero estamos saliéndonos del tema.

 

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