Presentación del concepto de Afirmación

¿Qué comprendió Chespirito?

Hay algo fascinante en los refranes. No son frases cualesquiera, es obvio. Son rígidas, las mismas palabras en el mismo orden. Muchos riman, pero incluso los que no, juegan un poco a la correspondencia de sonidos.

Los refranes son respetados. Tienen, o implican, una fuerza de convicción intrínseca.

¿En qué radica?

Una respuesta instintiva sería que “en la sabiduría que encierran”. Y claro, los refranes son epítomes destilados por el tiempo, que nos llegan como pensamientos distinguidos. Muchas veces son morales y procuran ser observaciones finas sobre la naturaleza de las cosas.

No son desde luego un cuerpo coherente, cada refrán tiene su contrario, como ya cantó Johnny Ventura, https://www.youtube.com/watch?v=dBA96Mr2YEM

Pero cada uno pretende decir la verdad. Sobre algo. Cada refrán contiene una verdad sobre algún pedazo de la vida.

Entonces, si bien se ve, los refranes no son sabios. Aunque cada uno contuviera en potencia sabiduría, depende del criterio del hablante el que se cristalice como sabio en la realidad. Si se adecua a la situación específica en que se lo cita. Si el hablador lo usa mal queda más bien como un sinsentido, una pesadez algo ridícula.

Sin embargo, en la vida cotidiana la gente apela a los refranes para apoyar un argumento como si apelara a autoridades en algún tema, a las opiniones de un experto. Nace un fetichismo del refrán, produciéndose una curiosísima falacia de autoridad.

Y como por lo demás los refranes son frases hechas, se vuelven de alguna forma el fast food del lenguaje, instrumentos muy cómodamente a la mano para resumir o rematar alguna idea.

En la vida cotidiana esta refranofilia termina interfiriendo con el dialogo y la búsqueda de la verdad. Se atribuye a los refranes un valor superlativo.

La sofisticación con la que aparezcan depende, claro, de los ámbitos. Hay toda clase de refranes y cuasi refranes, pero en muchos contextos humanos, notará usted querido lector, los refranes entran al dialogo no solo para colorear.

Pretenden ser argumentos extraordinarios; si no lo fueran qué sentido tendría traer ideas de imágenes extrañas a un contexto (“A caballo regalado…, el que nace para gordo…, gallina que comehuevo…, ojos que no ven…, de noche todos los gatos…”).

Y muchas veces logran su objetivo de presentarse como la voz de la sabiduría, o al menos como el eco de un imaginario público que apoyara la línea de argumentación del hablante. De esta forma a veces los refranes cierran discusiones, definen decisiones. Y a veces, bien pensado, es simplemente porque sonó bonito la frase.

Humorista nato, Chespirito observó este peculiar juego de lenguaje (en el sentido de Wittgenstein) y lo convirtió en jugarreta.

La afirmación como procedimiento motor del mundo

Volveremos a los refranes; pues para entender porque tienen ese extrapoder, que les permite en muchas ocasiones afirmarse por sobre frases anodinas, debemos entender lo que en La Vida Secada Al Sol llamamos La Afirmación.
La Afirmación es un fenómeno central en la construcción de la realidad social. De alguna forma provee el ecosistema de sentidos sobre el que interactuamos.
El movimiento de la Afirmación es constante. A punta de pequeñas afirmaditas que se suceden -en el sentido de sucesión de un rey a otro-, las circunstancias suceden, las cosas pasan.

La infinita operación incesante de millares de causas entreveradas produce el destino, Borges dixit. Por incidencias específicas a cada situación, la historia se da de cierta manera. De qué forma el destino se afirme, qué configuraciones se impongan, desembocando en el presente, depende de cómo se afirmen las causas en su entreveramiento, cuales “ganen” e impongan un rumbo al destino, constituyendo pues la realidad.

Es una pelea constante de causas que, cuales reyes en disputa, quieren suceder al momento presente y acceder al trono: ser el nuevo momento presente. Así va procediendo la vida y van sucediéndose las circunstancias.

Es el procedimiento motor del mundo.

Nada indica sin embargo que este mecanismo sea racional per se.

Nótese que el poder de este mecanismo es quizás más evidente cuando se reflexiona en que muchas veces los efectos de alguna causa afirmándose son precisamente, irracionales.
Veamos ejemplos:

Cientos de chicas lindas aspiran a ser modelos, reinas de belleza, presentadoras, actrices de telenovela y en fin ocupar ese trabajo entre sex-symbol y animadora que nuestra sociedad siempre está buscando con ansiedad.

El que la muchacha lo logre puede depender de factores disímiles: desde la pura suerte, a el que esté conectada familiarmente con la empresa productora, o el que exista una auténtica meritocracia en determinado proyecto y ella tenga todos los talentos necesarios, o por el contrario el que acepte acostarse por algún poderoso y etcétera etc. Cualquiera de estas puede ser la causa por que tal chica sea la afirmada frente a otras. Una de ellas, el que exista una auténtica meritocracia en determinado proyecto y ella tenga todos los talentos necesarios es lo que llamaríamos la causa racional, pero se concordará que en el mundo real no necesariamente se afirma el expediente más racional.

Ahora viene sin embargo lo interesante.

Una vez elegida la nueva joven sensación (puede también tratarse de hombres pero por el machismo es más evidente en mujeres) va como en una avalancha: saldrá en fotos, se repetirá en los medios de comunicación, presentará programas, la invitaran a realities o a actuar o cantar y/o otros etcéteras.

Su personaje coge una vida propia, la fama la eleva a nubes inalcanzables para el común, la Afirmación se cristaliza, y la muchacha parece única.

Hay miles iguales de lindas en las calles, en las reuniones, en las tiendas y oficinas, pero la afirmación ha hecho su trabajo y la chica en cuestión parece tan distinta a éstas, tan especial. Irracionalmente se diría pero indestructible e indiscutiblemente.

Cuando uno lee su historia puede detectar cual fue la causa que la afirmó y la volvió una “diva”. Y puede haber sido una razón muy “irracional”, sin ningún mérito objetivo para que se la eligiera como “líder” de audiencia, menos aun de opinión.

Pues lo grave de esta irracionalidad de los mecanismos de la Afirmación es que no solo sucede en ámbitos relativamente inofensivos.

Pasa lo mismo con los políticos. Muchos de ellos se han afirmado en la arena política por alguna oportunidad fortuita y en ocasiones sucia, muchas veces contraria a lo que sería la racionalidad de la política entendida como la actividad que busca el bien en el gobierno de los asuntos públicos.

Y sin embargo se van reciclando como ministros, parlamentarios, alcaldes, a veces presidentes, con lo que adquieren un carácter de prohombres o al menos de gente importante, de VIP (y eso es muy apetecible). Basta que se hayan afirmado lo suficiente para que se distingan del abogado o el ingeniero hijo de vecino, cuando en verdad ningún talento especial los destacaría.

Los caminos de la irracionalidad pueden incluso seguir floreciendo. Una vez que la chica es un sex-symbol en la mente de la sociedad que la alumbra, tiene a veces que ocultar que se casó, o que tiene una pareja, para no perder puntos con sus admiradores. Es altamente absurdo, pero su personaje tomó tal vida que la vida del original no importa tanto como la afirmación que de ella se hizo. Y asimismo sus productores pueden activamente afirmarla más: inventando tramas, talentos o vicios para hacerla crecer en la administrada mente de la audiencia.

En política este mecanismo, esta inercia de la afirmación, ciega en sí pero manipulable, ha dado nacimiento a tantos monstruos y tragedias humanas.

Es aterrador la aleatoriedad con que la Afirmación moldea la vida. O quizás lo aterrador es pensar en la debilidad de la mente humana que puede fácilmente dejarse convencer por trucos para afirmar, terminar convencido de lo afirmado y afirmando de voluntad propia.

Como hemos dicho, los refranes son un ejemplo cotidiano de cómo una influencia sonoro-psicológica no necesariamente idónea puede definir el curso de una deliberación. Por eso el Chapulín al considerar un caso apelaba al “viejo y conocido refrán, que ya lo dice…”

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